El Pirineo catalán entre dos guerras

Los Pirineos tuvieron un destacado protagonismo como consecuencia de dos de los conflictos bélicos acontecidos durante la década de los años 30 y 40 del siglo XX: la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. La cordillera, aparentemente infranqueable, que separa Cataluña del Principado de Andorra y de Francia fue el escenario de la huida de aquellos que escapaban de estas dos guerras que afectaron a ambas vertientes de los Pirineos. Miles de españoles cruzaron los Pirineos durante la Guerra Civil y la inmediata postguerra mientras que otros miles de europeos abandonaban el continente en guerra para buscar refugio en la España franquista.

Este continuado tránsito fronterizo provocó la impermeabilización de la zona por parte de los estados español y francés. Mientras, durante estos años, los servicios de información republicanos, aliados y nazis desarrollaron sus actividades alrededor de estos 500 kilómetros de terreno donde se libró una guerra secreta para controlar que y quien pasaba.

Secularmente, durante décadas, los habitantes de la zona habían cruzado de un país a otro como si las fronteras no existieran. En este sentido, los Pirineos eran entendidos como un espacio de relación interterritorial que unía una y otra parte. Pero, en épocas de guerra se convertían en un lugar de huida, un espacio de salvación y de refugio. La línea que separaba de la muerte. Pasar al otro lado significaba quedar a salvo. En el siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes franceses y personas de otros países europeos buscaron refugio en España. Años después, al iniciarse la Guerra Civil, les montañas del Pirineo vieron como jóvenes que querían evitar la movilización, otros que pretendían incorporarse al ejército franquista en el País Vasco y en Navarra, familias favorables al golpe de estado y religiosos huyeron de manera clandestina en dirección al norte. Se iniciaba entonces un largo periodo donde los pasos transfronterizos se convirtieron en caminos de libertad para miles de personas.

La mayoría de los evadidos fueron apresados y encarcelados. Los detenidos pasaban por las cárceles del partido judicial (Vielha, Sort, la Seu d’Urgell, Puigcerdà, Figueres…) y por las prisiones provinciales o las habilitadas como la que funcionaba en el edificio del antiguo seminario de Lleida. Los varones en edad militar – comprendidos entre los 18 y los 40 años –, fueron internados en el campo de concentración de Miranda de Ebro (Burgos), el último campo de concentración en clausurarse de los establecidos durante la Guerra Civil.

Según los libros-registro que se han conservado, cerca de 3.000 de estos refugiados pasaron por la cárcel del partido judicial de Sort. El descubrimiento de las difíciles experiencias vividas por tantas y tantas personas en aquella Europa convulsa de la primera mitad del siglo XX nos recuerda, a los europeos del nuevo siglo, la larga lucha y los sacrificios que han sido necesarios para construir una sociedad democrática que quiere creer en los valores de la cultura de la paz y de la convivencia, nunca conseguidos de manera definitiva. Y nos enfrenta a nuestra propia historia, cuando aún son muchos los que intentan conseguir la paz en el otro lado de una frontera.

Grupos de evadidos

Durante la Segunda Guerra Mundial unas 80.000 personas buscaron su libertad a través de la Península Ibérica. Este tránsito de personas se alargó hasta la década de los años cincuenta. Se da la gran paradoja de que los que huían del nazismo perseguían recalar en dos países gobernados por el fascismo, España y Portugal, muy próximos a los nazis. Estos evadidos pueden agruparse en diversos grupos:

Los jóvenes franceses, atraídos por el llamamiento del general De Gaulle a resistir a los alemanes y unirse a las fuerzas que De Gaulle organizaba en el Norte de África y, a partir de la primavera de 1943, para huir del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) que les obligaba a trabajar en la industria de guerra alemana. Su objetivo era ir a África del Norte para alistarse en el ejército aliado. Este grupo fue el más numeroso.

Los judíos – en muchos casos, familias integradas por abuelos, hijos y nietos – que huyeron de la persecución que los nazis habían iniciado contra ellos, en 1933 en Alemania y, a partir de 1938, en los países que se anexionaba el III Reich. Unos 15.000 conseguirán escapar del Holocausto a través de la Península Ibérica y buscar refugio, preferentemente en América y en Palestina.

Políticos de países ocupados por los nazis – Polonia, Holanda y Bélgica – que pretendían establecer en Gran Bretaña sus respectivos gobiernos en el exilio.

Militares desmovilizados – ingleses, polacos, belgas y franceses – después de la derrota de sus respectivos ejércitos ante las tropas alemanas en las primeras batallas de la guerra. Pretendían unirse al ejército aliado.

Aviadores aliados – británicos y norteamericanos – que después de ser abatidos en el frente de guerra perseguían retornar a Inglaterra para reincorporarse a los combates. La aviación tuvo un papel esencial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Ante los notables avances tecnológicos aplicados a las aeronaves, los pilotos se habían convertido en una pieza muy preciada que era necesario salvar para que pudieran seguir combatiendo.

Militares alemanes y nazis. Desde agosto de 1944, coincidiendo con la liberación del sur de Francia, fueron los alemanes los que intentaron llegar a la Península Ibérica para huir de los aliados y buscar la protección del gobierno franquista.